domingo, marzo 06, 2005

Sólo estás tú

Por la mañana, medio dormido, te despierta la necesidad de romper la corriente y encontrar tu propio sitio.

Sorprende la gran cantidad de personas que corren por los pasillos del subterráneo o caminan despacio entorpeciendo al resto. Parece que todas han tomado un café cargado y que, aun tan de mañana, ya están atentos a la vida, pero, posiblemente, la mayoría no despertará en todo el día. A veces pasa.

Entrar en el repleto vagón se torna casi un imposible, sólo cabe apoyar la indecisa mano en el cristal cuando ya se está dentro.
Y hay que salir y volver a entrar en cada parada. Y entonces se aprende que por las mañanas más vale dejarse llevar por el instinto que nos protege, porque sino corres el riesgo de quedarte en el andén, esperando.

Será que aquí la gente ya tiene eso del instinto tan desarrollado que lo mantiene activo hasta subir las últimas escaleras y salir al frío de la calle. Porque si no es así, entonces, no puedo acabar de entender qué es lo que te lleva a ponerte por defecto en una cola para recibir al final una pequeña muestra de cereales. Una de esas pequeñas barras de propiedades concentradas que nadie compra en los supermercados.

Sí, hay mucha animación estos últimos días en la estación. Tú tienes que trabajar, pero al menos no tienes que vestirte de pollo gigante para repartir el nuevo periódico a las puertas del acceso al concurrido transporte.
Levantas la vista para ver el azul plomizo del cielo. El rascacielos ya no acompaña en la mirada, más que rascar, rompe el horizonte. Y a sus pies, la chica mala de derrape total muestra sus encantos a gran escala. A ti te recuerdan de improviso que hace frío.

El gran edificio blanco aparece. El viento lo acompaña en la explanada. Los últimos pasos dados a toda prisa. Ya no hay tiempo.

No sé si debería dejar de soñar.