miércoles, noviembre 10, 2004

Después de correr

La he recuperado. En realidad fue a los pocos días de haberla olvidado; pero esta vez no me he sentido tan entusiasmada por el hecho como para pararme un momento a dejar constancia de ello. No es que me resultara indiferente, pero casi.

Estoy segura que hace unos años hubiera podido hasta llorar al dejarla y me hubiera desbordado la alegría al encontrarla; es lo que tiene esa edad en la que uno y su revolución es el centro de todo, y todo forma parte de ti, y al mismo tiempo nada es importante.

Creo que fue porque esta vez tampoco pasé por la fase de alta concentración de nervios repentinos al darme cuenta de su falta; esos nervios que te llevan a efectuar una interminable búsqueda infructuosa.

Esta vez, cuando me di cuenta de que algo faltaba, no sólo fue eso; sino que supuso darme cuenta exactamente al mismo tiempo de qué era lo que ya no estaba, dónde se encontraba y cómo era posible que estuviera allí. Así, que tenía la situación tan mentalmente controlada que podía conocer las soluciones de antemano. ¡Todo un progreso!

Por eso, en cierta manera, tenía también asumido que la iba a recuperar casi sin problemas, y de hecho así ha sido. Solamente la perdí fugazmente cuando entré de nuevo al laboratorio y ya no estaba encima de la vacía mesa, pero la recuperé momentos después cuando la sacaron del cajón donde estaba esperándome.

Si lo pienso detenidamente, creo que, si bien no he sentido ni un solo nudo ni un sobresalto en el estómago, el comprender que esto ha pasado sin despertar en mí la emoción esperada, sí me ha provocado una ligera y tonta sensación de extrañeza. Ahora resulta que el autocontrol representa, paradójicamente, el desconocimiento de uno mismo, el no saber cómo voy a reaccionar a partir de ahora a las diferentes situaciones. Si una pequeña cosa ha cambiado, ¿no lo habrá hecho también el resto? Y no es posible vivirlo todo en un momento y salir de dudas.

Una constante evolución se esconde dentro, un constante devenir de cambios y agitaciones silenciosas. Y lo normal sería llevarlas de la mano como a niños traviesos. Pero en su travesura se escapan y corren hasta que consigues alcanzarlos; y cuando los alcanzas te olvidas de que en su carrera encontraron algo que tú no viste; sólo correr tras ellos.

Y es que yo, no soy sólo yo. Lugares, corazones, sonidos, proyectos, imprevistos…todo, forma parte de mí, y todo, resulta ser al mismo tiempo, lo más importante.