Como cajas de galletas
En el pasillo del supermercado del pequeño barrio; la noche fuera. Sólo estás tú y el pasillo. Enfrente el ancho mueble de los congelados y más arriba, al fondo del estante, la última pila de galletas que pueden comprarse. Tan al fondo que no se llega a ellas aun estirándose y poniéndose de puntillas al mismo tiempo. Y no hay nadie cerca, así que las miras un rato e intentas, después, agarrarlas de un salto; pero se quedan allí. Y te parece tan infantil desearlas tanto, que no quieres que nadie lo sepa. Mejor no buscar al encargado para que te las acerque, tendría que traer una escalera además, mucha complicación para una cosa tan pequeña.
Así que avanzas unos pasos por el pasillo y te conformas con un paquete de cereales libres de grasas; posiblemente también los cogerías aunque hubieras conseguido tu anterior objetivo. Es una pena la conformidad.
El problema es que, en la mayor parte de las ocasiones, no son meras cajas de galletas lo que se queda atrás.

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