miércoles, octubre 20, 2004

Hilando fino

¿Será que el haber nacido en una ciudad me hace más débil?

Realmente no creo que sea ni por el ambiente, ni por las costumbres, ni por las comodidades. Pero, parece que mi física y química internas están destrozadas y desbordadas, y que están perdiendo el sentido ya de paso.

Esto de adaptarse a los horarios, a los madrugones (a los madrugones a diario, quiero decir), a las prisas, a las miradas de acero; en general, a todo lo que ocurre de mañana cuando se supone que sólo debería de pasar por la calle el "camión recoge desperdicios", pero no; pues adaptarse a todo ello... ¿adaptarse? Si alguien lo consigue que me lo diga.

Es que últimamente mi cuerpo me domina, lo cual es bastante natural, aunque de eso saben más algunos que algunas, y por eso, me disgusta a ratos.

Me refiero a que hacerse cargo de las pequeñas incomodidades que nos aporta el cuerpo es algo tremendamente molesto.
Y es que en cuestión de días he pasado por cargarme con una anemia (¡muy natural!); convivir con un potente resfriado que como regalo "trastocó ligeramente" mi voz; apariciones y desapariciones de un sospechoso tic en un ojo, de esos que sólo nota uno mismo con lo cual ni siquiera puede dramatizar, aunque pensándolo… mejor así, que la estética es mucho en esta vida; acostarme tranquilamente una noche y dormir unas diecisiete horas (¡también muy natural! ¡Y me despertaron que si no yo sigo dormitando!); subir unos cuantos peldaños en la cantidad de torpeza diaria (¡será por la falta de sueño!) que hacen que tenga cortes en ambos pulgares entre cuchillos y cristales, y que provocan pequeños eventos como un proyecto de caída escaleras abajo por pisar el asa de ese bolso que llevas agarrado, del otro asa, claro, aunque de hecho ya no existe eso de “el otro asa”; y ¡voy a dejar de buscarme carencias porque sólo voy a conseguir acentuar los síntomas de mi emergente depresión!

Por supuesto que no omito el colofón, esa figura materna que en vez de alegrarse por una, o sentir ese orgullo tan de culebrón americano, descuelga un día el teléfono y se le ocurre, de manera, por supuesto, totalmente casual, insinuar que no vas a poder con todo porque los días de 36 horas, que son los que tú necesitas, aun no existen.
Pues yo creo que todo es cuestión de arreglar un poco el desastre organizativo inicial, porque lo de desastre no voy a negarlo, la verdad… tiempo, espacio, energía y materia desordenados.

Y quizás, cambiando de idea, ahora que lo reflexiono, me aferre al dramatismo, ¡a ver si así consigo unos mimos de más! Después de todo, ¿no dicen que “necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos, y doce para crecer”? Lo cual es muy dulce, y muy poético y muy tierno, y está bastante bien, pero, intuyo que implica demasiada espontaneidad por ahora. No nos derrumbemos: me basta con sobrevivir (llanamente lo de sobrevivir), ¡y con los mimos claro!