Despertando
Ya ha pasado una noche fría y sola. Fría ella y fría la noche. Olvidada en la habitación de las sillas desordenadas.
¿Cómo puede ser que siga allí? ¿Cómo puede ser que pase las horas abandonada y encerrada en su olvido? ¡Si yo siempre compruebo que lo he recogido absolutamente todo de manera casi compulsiva! Pues mi linda esclava está ahora mismo sobre la mesa del cerrado laboratorio.
Debe ser que cuando uno tiene que hacerse cargo de las cosas del resto, para evitar desastres tales como dejarse en ese mismo laboratorio una, espero que muy preciada, cámara digital, entonces, resulta más difícil controlar el incremento de detalles en un mismo tiempo, y claro, mi subconsciente opta por recoger las pertenencias ajenas.
Nunca más dejo de hacer caso a mis sensaciones o pensamientos fugaces. Después de todo un día “prediciendo” lo inmediato, paso por alto el “quizás debiera guardarla en algún sitio en vez de dejarla ahí…”. Y lo pasé del todo.
Por lo menos ayer no tuve frío, no sé por qué decidí sacar el abrigo esa misma mañana. Ni me quedé con la ilusión rota de subirme en un metropolitano corto: “¿Tú alguna vez has subido en uno corto? Porque yo no.” Y el metro corto aparece en el andén.
Ayer también sentí que cambiaba de nuevo el desconcierto interno, y se llenaban unos ojos de chispas, y las revelaciones surgían presurosas. Y la clave en una palabra y en un tonto gesto de apoyo. ¡Qué poder más grande a veces!
Cuando los descubrimientos, los mensajes, los actos, llegan en momentos inesperados y de manera repentina, parece que nos enseñan más del otro, que se nos están abriendo más puertas, que el sentimiento es más real. Entonces, todo, es una dulce sorpresa.
Así que habrá que estar más atento al entorno, y no nos dejaremos nada sobre las mesas, ni dejaremos de descubrir aquello que se resguarda, hasta el momento, en los otros.

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