El verano, el calor.
El verano, la ilusión.
El verano, el comienzo.
Siempre se llega al punto de partida; llegas, recoges las necesidades, buscas la mirada, un paso y ya no vuelves. Simplemente partes, aprovechas los momentos y envuelves la vida.
Siempre se llega al punto de partida, al menos una vez.
A veces de tanto envolver y dar vueltas llegas dos veces. Llegar y regresar.
Y regresar puede ser recuperar, reencontrar, reparar.
Y regresar puede ser retroceder, retener, relegar.
Un mes de julio siempre atento, fugaz y acalorado. El tiempo espera por una vez, y se mira con ojos ilusionados. Dos besos y un hasta luego; todo el mundo sabe que julio termina cada año, y agosto espera y duerme, despierta a ratos y se despereza, y acaba sorprendiendo y perdiendo el sueño.
Un nuevo mes de julio que comienza; otro año en el que julio vivirá atropelladamente y suspirará sólo para tomar aliento, sin perder un instante. Un beso, sólo un beso. El otro es lágrima escondida; todo el mundo siente que el nuevo julio terminará confundiendo a agosto y el letargo pasará como un sueño dulce, ofreciendo veneno azucarado.
Cada vida se separa nuevamente, es un juego inevitable. Guardo tu mirada en el recuerdo, y lo que queda es el recuerdo, la nostalgia, la duda ante la partida no jugada.
Y esta vez se parte y no se regresa.
No se podrá recuperar, habrá que conservar.
No se podrá reencontrar, habrá que mantener al alcance.
No se podrá reparar, habrá que cuidar con el corazón.
Y esta vez sólo avanzaremos, sin retroceder, acariciando el recuerdo.
Avanzaremos y dejaremos avanzar, sin retener, sonriendo ante la nostalgia melancólica.
Olvidaremos el miedo, sin relegar esta vez lo desconocido, despejando la duda y conociendo la suerte del recién estrenado tablero.
El verano, el calor.
El verano, la ilusión.
El verano, un final compartido y muchos, muchos comienzos.